Robando el don

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Qué necedad la nuestra, la de los seres humanos todos, en mayor o menor escala, la de querer quedarnos con los frutos que obtenemos de los talentos que hemos recibido de Dios.

Estos viñadores querían quedarse con la herencia, y resulta ser que el Señor nos da como herencia la propia viña. Todo es nuestro, todo lo suyo es nuestro, a condición de que primero reconozcamos que no es nuestro. 

Es todo. Tan simple como reconocer de quién viene todo, para ofrecerle el fruto de nuestras acciones, sin querer apropiarnos de nada. Sin Robar el don, buscando el aplauso y el reconocimiento humano.

Si intento retener lo que le corresponde a Dios, pierdo justamente aquello que quiero conservar, es decir el fruto de mis dones y talentos que sólo le pertenecen a Dios.

Curiosamente cuando entrego en el altar eucarístico toda la gloria que recibo de los hombres, y reconozco que no es mía sino del Señor,  inmediatamente Él me devuelve con creces los frutos centuplicados, en una paz y en una gloria del corazón que nada ni nadie me puede arrebatar porque son eternas.

Esa es la gloria que quiero, esa es a la que estoy destinado. ¿Por qué buscar un pan que no sacia?

“No a nosotros Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da la gloria”. Sal 115, 1

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