HABITADOS POR CRISTO

En el exceso de su amor por nosotros, Dios desea habitar en nuestros corazones. Es la sorprendente promesa que Cristo hizo a sus amigos antes de morir. Dios quiere establecer su morada en cada uno de nosotros. San Pablo da testimonio de ello al decir que ya no es él quien vive, sino Cristo que vive en él. Es el horizonte de­finitivo hacia el cual el Espíritu desea llevar al cristiano. Es la identi­ficación total con Cristo. Es lo que deseamos y pedimos cada día, con corazón de pobre, sabiendo que alcanzarlo no será jamás fruto de nuestros esfuerzos. Creemos que esta identi­ficación con Cristo nos es dada de modo privilegiado en la Eucaristía. Él mismo viene a nosotros en su Cuerpo y su Sangre y nos moldea interiormente según su Corazón, a ­fin de ser y actuar como Él.

Como discípulo de Jesús, la parte que me toca es la de permanecer en Él, lo más cerca de su Corazón.

Oración y Palabra de Dios

 Esto solo es posible permaneciendo en la Palabra de Jesús: “Si alguien me ama, guardará mis palabras y mi padre lo amará y vendremos a él para hacer nuestra morada en el” (Evangelio de Juan cap. 14, 23) “Hagan su morada en mí, hagan su morada en mi amor” dice también. Para estar los más cerca posible de su Corazón, es necesario meditar su palabra, verle y escucharle en los Evangelios, morar en profunda comunión con él, como el sarmiento y la cepa, y dejarnos transformar por él. Sí, conviene morar en su Palabra para conocerlo con todo el corazón, para entrar en su Amor y reconocer su voz en medio de tantos ruidos que nos invaden. ¿Cuánto tiempo dedico cada día a la oración, para estar con Él y meditar su Palabra? Quién come su Palabra, quien medita las Escrituras, la Biblia, entra en toda la altura, la anchura y la profundidad de su Amor.

Nacer a la vida en el Espíritu

 Para morar en Cristo y que Él permanezca en mí hasta el punto en que yo pueda decir con San Pablo: “Y ahora no vivo yo, sino que es Cristo que vive en mí” (Carta a los Gálatas cap. 2,20), debo entrar en la vida del Espíritu.

¿Se acuerdan de aquel hombre que pide a Jesús cómo “conseguir la Vida eterna”? (Evangelio de Marcos cap. 10, 17-21). Jesús, después de mirar con amor a ese hombre que respeta todos los mandamientos desde su juventud, le contesta: “solo te falta una cosa, anda, vende todo lo que tienes, dalo a los pobres y así tendrás un tesoro en el Cielo; después ven y sígueme”. Jesús invita a este hombre que observa con ­fidelidad la Ley de Dios, la Torá, a pasar de la obediencia de la ley a la vida en el Espíritu. Ser ­el a la ley de Dios es una buena cosa, pero es necesario ir más lejos. La ley, los mandamientos, pueden quedarse muertos. Puedo pensar que basta observar la ley al pie de la letra para entrar en la vida, y corro el riesgo de querer dominar mi vida, de creer que puedo alcanzarlo con mis propias fuerzas. Jesús invita a ir más lejos. Invita a seguirle.

¿A dónde? No lo dice. Hay que seguirlo. “El viento sopla donde quiere y tú oyes su silbido; pero no sabes de dónde viene ni a dónde va” (Evangelio de Juan cap. 3, 8). Seguir a Jesús es entrar en la vida del Espíritu. Es dejar el puerto para avanzar en aguas profundas, cambiar la seguridad por lo desconocido, la estabilidad por el movimiento; la vida es movimiento. Y a veces esto nos desconcierta.

«Sígueme» « ¿A dónde?» “El Hijo del hombre, no tiene en dónde apoyar su cabeza”. Es necesario ponerse en camino sin saber a dónde vamos. Hay que ser dóciles al Espíritu Santo sin buscar dirigir su vida. Puedo hacerlo en con­fianza porque he descubierto en mi vida que Él es ­el. Ser discípulo de Jesucristo es dejarse llevar por el Espíritu para discernir constantemente, en diferentes contextos, cómo ser ­el al Evangelio.

En efecto, como le dice Jesús a Nicodemo (Evangelio de Juan cap. 3), es cuestión de “nacer de nuevo”, “nacer de arriba”. Nicodemo es un hombre de la Torá. Él conoce la Ley, pero a pesar de tener mucha sabiduría está en la noche. Porque acceder al “Reino de Dios”, a un nuevo mundo, no es una cuestión de observancias o de conocimientos, sino de nacimiento. No basta practicar tal o cual virtud, o bien obedecer la ley y los mandamientos para acceder plenamente a la vida espiritual; es necesario familiarizarse con nuestra vida interior y, poco a poco, aprender a descifrarla para volvernos dóciles al Espíritu Santo.

Esto exige estar a la escucha. A menudo vivimos en exterioridad, en hacer, en agitación constante, en una cacofonía mental, pero no escuchamos lo que está pasando en nuestro interior. Sabemos que el Espíritu Santo nos habla en torno a la resonancia afectiva de los acontecimientos y los encuentros de nuestra vida. Todo lo que vivimos produce alguna cosa en nosotros: paz, alegría, tristeza, encierro. Como el hombre rico que “se volvió muy triste” oyendo la invitación de Jesús. Es de esta manera que el Espíritu de Señor intenta hablarnos y que nos conviene discernir.

El que entra en la vida del Espíritu aprende a acoger estos movimientos interiores, crece en familiaridad con su vida interior y consigue poco a poco descifrar, discernir y reconocer la voz de Otro que intenta hablarle.

Se dice que San Ignacio “seguía el Espíritu, no iba delante, no sabía a dónde iba… él lo seguía con prudencia ignorante, su corazón ofrecido a Cristo con sencillez”. El Espíritu Santo nos conduce lo más cerca posible del Corazón de Jesús.

Cercano al Corazón de Jesús El Espíritu Santo nos ayuda a discernir lo que es realmente el Amor: el amor a los enemigos y el perdón de las ofensas. Nos conduce a lo más profundo del Corazón de Jesús. Es su intérprete. Esta desmesura del Amor encuentra su más alta expresión en la Cruz de Jesús. “Delante de la Cruz, debemos dejarnos transformar por la fuerza del amor que se expresa en esta muerte ofrecida y en el perdón dado a los verdugos. Es en esta locura de amor que debemos sacar fuerzas para seguir con ­fidelidad la solicitud del Espíritu en nuestras vidas” (Michel Rondet sj. Laissez-vous guider par l’Esprit, Ed. Bayard).

“No es sin razón que el Corazón de Jesús traspasado por nuestra salvación es el símbolo del Amor. San Pablo, después de su conversión fulgurante gritó: “El hijo de Dios que me amó se entregó por mi” (Carta a los Gálatas cap. 2,20) – Dany Dideberg (Le Coeur de Jésus, source de vie). El “corazón” es el símbolo de “amor” por excelencia.

“Nadie puede conocer a Jesucristo enteramente si no entra en su Corazón, es decir en la más profunda intimidad de su Persona divina y humana”. San Juan Pablo II (20 de junio 2004)

“Solo es posible ser cristiano mirando hacia la Cruz de nuestro Redentor, hacia Éste que han perforado” Benedicto XVI (15 de mayo 2006)

“El corazón del Buen Pastor no es sólo el corazón que tiene misericordia de nosotros, sino la misericordia misma. Ahí resplandece el amor del Padre; ahí me siento seguro de ser acogido y comprendido como soy; ahí, con todas mis limitaciones y mis pecados, saboreo la certeza de ser elegido y amado. Al mirar a ese corazón, renuevo el primer amor: el recuerdo de cuando el Señor tocó mi alma y me llamó a seguirlo, la alegría de haber echado las redes de la vida con­fiando en su palabra” (cf. Evangelio de Lucas cap. 5,5). Francisco (3 de junio 2016).

El discípulo a quien Jesús más amaba, el que mejor conocía el Corazón de Jesús, recostado junto a él (Evangelio de Juan cap.13,23) fue también el primero en reconocer a Jesús Resucitado a la orilla del lago de Galilea (Evangelio de Juan cap. 21, 7). Cuanto más cerca uno está del Corazón de Jesús, más percibe sus alegrías y sus sufrimientos por los hombres, mujeres y niños de este mundo; y reconoce su presencia hoy como ayer, obrando en el mundo.

« ¿Dónde está Dios?» ¿Dónde está Dios, si en el mundo existe el mal, si hay gente que pasa hambre o sed, que no tienen hogar, que huyen, que buscan refugio? ¿Dónde está Dios cuando las personas inocentes mueren a causa de la violencia, el terrorismo, las guerras? ¿Dónde está Dios, cuando enfermedades terribles rompen los lazos de la vida y el afecto? ¿O cuando los niños son explotados, humillados, y también sufren graves patologías? ¿Dónde está Dios, ante la inquietud de los que dudan y de los que tienen el alma afligida? (…) Y la respuesta de Jesús es esta: «Dios está en ellos», Jesús está en ellos, sufre en ellos, profundamente identi­ficado con cada uno. Él está tan unido a ellos, que forma casi como «un solo cuerpo». Papa Francisco (29 de julio 2016)

Cuanto más cercanos somos al Corazón de Jesús, menos indiferentes somos a lo que nos rodea, deseando comprometernos con Jesús en este mundo, al servicio de su misión.

Discernimiento

 El discípulo de Jesucristo es llamado a entrar en la vida del Espíritu, es llamado a discernir cómo seguir a Jesús en el mundo de hoy. ¿Cómo discernir la voz del Señor entre las muchas voces que hoy nos aturden y se confunden con la Suya? San Juan nos dice en una de sus cartas “Queridos, no se fíen de cualquier espíritu; antes bien, comprueben si los espíritus son de Dios, pues son muchos los falsos profetas que han venido al mundo. En esto podrán reconocer quién tiene el espíritu de Dios: todo el que con­fiesa que Jesucristo vino como verdadero hombre, ése tiene el espíritu de Dios; y todo el que no con­fiesa a Jesús, ése no tiene el espíritu de Dios” (Primera Carta de Juan cap. 4,1-3).

Es importante estar a la escucha de la Palabra y discernir su eco en nosotros distinguiéndola de “otras voces”. El discernimiento pide “contemplar” la Palabra de Jesús hecha carne, hecha vida en la tierra. De Él proviene todo discernimiento de la Voluntad del Padre en nosotros. Mirando a Jesús y escuchando su palabra puedo reconocer el verdadero rostro de Dios. Él llegó hasta el extremo del amor, hasta el fi­nal con el precio de su propia vida, hasta donde no se puede amar más, para liberarnos de las perversas imágenes de Dios. En Jesucristo “Dios sale (del Templo) del recinto sagrado donde fue encerrado. Él nos libera del peso de la religión y lo sagrado con todos los terrores que se le atribuyen y toda la servidumbre consiguiente” (J. Moingt) para “adorar al Padre en espíritu y en verdad”. Él es un Dios que se nos revela en Jesús, que ama la vida y desea la felicidad de la humanidad. Un Padre que quiere que seamos como su Hijo, hombres y mujeres profundamente libres, en el aliento de “la libertad de los hijos de Dios”. ¿Quién es este Dios que se nos revela en Jesús? ¿A qué Dios nos dirigimos? ¿Un Dios que habría trazado desde toda la eternidad el camino hacia el que nos envía? ¿Un Dios que habría decidido mi lugar y lo que me conviene en la vida y en la Iglesia? No, no es así el Dios que se revela en Jesús. El Dios que llama, cuya voz estamos llamados a escuchar y distinguir de entre otras voces, es el Dios que siempre devuelve al hombre a su propio deseo: “¿qué estás buscando?”, “el que quiera venir detrás de mí”, “si quieres ingresar a la vida”, “quien quiera ser mi discípulo”, etc. Es buscar y encontrar. Su voluntad consistirá en profundizar en nosotros mismos, en el fondo de nuestro deseo. La voluntad de Dios no es ajena a nuestra vida, no se trata de buscar en lo lejano a nosotros mismos, más allá de los mares donde no podamos alcanzarlo; sino que Él se une a nosotros en el fondo de nuestro deseo, en nuestro corazón, para que lo llevemos a la realidad, lo concretemos.

No descubro su Voluntad como encuentro algo en una “búsqueda del tesoro”. Su voluntad es que cada hombre sea completamente feliz y completamente vivo. Dios no hace nada por nosotros, no nos sustituye. Por eso, será propia del proyecto de Dios y del evangelio cualquier decisión que me haga más vivo, que me haga crecer en libertad y que me ponga en comunión con los demás. Jesús pregunta, entonces: ¿Qué quieres que haga por ti? Para que la persona pueda ejercer su libertad, pueda expresar su deseo. “Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá. Porque todo el que pide recibe; el que busca halla; y el que llama, se le abrirá” (Evangelio de Mateo cap. 7, 7-8). Expresar lo que deseamos nos permite reconocer nuestro propio deseo, y es Dios mismo Quien viene a unirse a él. Reconocer este deseo es como encontrar el tesoro del cual el Evangelio habla. Este deseo escondido no lo descubrimos a fuerza de introspección, sino que es un deseo trabajado en la realidad de la existencia, en la acción y servicio a los demás.

Determinarse por Cristo.

Aquellos que desean seguir a Cristo para más amarlo y servirlo, están llamados a determinarse por Él. Jesús nos pregunta: “¿Quién dices que soy? ¿Quién soy Yo para ti? Así, decidirse en relación con Cristo es decidirse a vivir el Evangelio, con sus consecuencias: “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga”. Por eso, convertirse verdaderamente en discípulos de Jesús y vivir a la luz del Evangelio nos conduce a la lucha espiritual. Incluso, esta lucha espiritual es un criterio de ­fidelidad a Jesús porque “el siervo no es más grande que su amo”. Todos hacemos la experiencia. Hay en nosotros connivencia con el mal, la mentira, con todo lo que es el rechazo de la vida, pero Cristo no nos deja en paz.

Él envió al Espíritu Santo, el Espíritu de Verdad, quien procede del Padre, que desenmascara al adversario y nos da la opción de la vida. Para ser discípulos de Cristo debemos ser dóciles al Espíritu, discerniendo constantemente los “engaños del enemigo” y cómo ser ­fieles al Evangelio en los diferentes contextos. Ser dóciles al Espíritu Para entrar en esta docilidad al Espíritu, la revisión o relectura durante el día es de gran ayuda y benefi­cio.

Relectura

Esta relectura como hemos visto en los pasos anteriores me enseña a reconocer entre los eventos del día, los trabajos, los encuentros, aquello que me abre a la vida, a la alegría, a la paz. Así reconociéndolo, dar gracias al Señor. La Escritura dice que lo que me dirige a la vida me dirige a Dios. Jesús, de hecho, dice: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Evangelio de Juan 10,10). Ésta es la brújula del discernimiento. En un segundo momento podré identifi­car, como un simple informe, sin juicio de mi parte, los momentos en los que me sentí encerrado, dividido, cuando entré en desolación. Si he pecado, pediré perdón al Señor.

Finalmente, en un tercer momento, ofreceré al Señor el próximo día pidiendo ayuda para elegir la vida y quitar los obstáculos que me impiden ser ­el al Evangelio. Entrar en los caminos del Espíritu del Señor supone considerar la vida espiritual prestando atención a los ecos emocionales que en nosotros dejan los acontecimientos y encuentros del día. En la vida espiritual se trata de “sentir”, “reconocer” y “tomar posición”. “Sentir, es decir, dejarse afectar: sentir el gusto, paz, la dulzura, etc. Pero no es su­ficiente sentir, debemos ser capaces de “reconocer”, es decir, hacer diferencias, nombrar, interpretar, lo que es propio del discernimiento. Finalmente, me conduce a “tomar una posición” porque descubro en mí “pensamientos”, “movimientos internos”, que me abren a la vida y otros mortíferos que me cierran a la vida. Así puedo discernir los engaños del enemigo y elegir la vida.

Amor en obras

Por último, hablamos de cómo “entrar en la vida del Espíritu” nos conduce a la disponibilidad para que el Señor se haga lugar en nuestra realidad, con nuestra decisión. La decisión de Dios de encarnarse en nuestra humanidad, en nuestra existencia concreta de cada día, espera nuestra propia decisión. Ninguna vida crece sin el riesgo de una decisión, ya sea grande o pequeña. El paso del deseo a la realidad es un riesgo. Puede haber mucho amor y generosidad, pero si no encaja en una decisión, quedan vacíos. Pero si este amor y esta generosidad se adaptan a una decisión, por pequeña que sea, ésta puede sacudir al mundo entero. Este es el movimiento de la encarnación. El sí de María nos trajo la salvación. Las decisiones pequeñas gradualmente le dan un estilo a nuestra existencia, el mismo estilo de Jesús, el ritmo del Evangelio. Para Ignacio de Loyola “la decisión evangélica, es decir la decisión que se abre a la vida, que humaniza, según el Espíritu de Cristo, es el lugar incluso de la unión con Dios”.

Nuestra sensibilidad de­fine

Dijimos hasta aquí que entrar en la vida del Espíritu es ponernos a la escucha de la voz del Señor para acogerla en nosotros y tomar posición por lo que ella inspira en mi corazón. Pero debemos ser lúcidos y no ingenuos. Puedo creer que me abro al Señor sin embargo, puedo estar montándome una historia que no es la voz del Señor sino el cumplimiento de mis expectativas. Por eso es tan importante en orden a no engañarme a mí mismo, ir aprendiendo a acceder a la realidad como lo hace el Señor. Pues si puedo dejar entrar en mí las cosas, como Él las ve, las escucha, las gusta, las huele, las toca podré conectarme con las personas y acontecimientos de una manera más parecida a la de Jesús y mi seguimiento será más real. Pues podré juzgar, pensar, elaborar lo que entra por mis sentidos, como lo hace Jesús. Y fi­nalmente tomaré decisiones y elegiré como lo haría el Señor en mi lugar.

Pero alcanzar el modo del Señor no es el resultado de un esfuerzo de voluntad sino una gracia que el mismo Señor nos concede. Un camino de dejarse transformar por Él. Por eso, de mi parte me queda disponerme a recibir la gracia en la oración, contemplando la vida del Señor, y aprendiendo de su estilo que Él me comunica. Para ir profundizando en este camino de que se nos pegue el estilo del Señor, su modo, sus ideas, sus juicios, su sensibilidad, nos puede ayudar un modo de rezar que nos trae San Ignacio de Loyola en su Libro de Ejercicios Espirituales, aplicación de los cinco sentidos. Esta manera de orar quiere ayudar a educar nuestra sensibilidad para que vaya pareciéndose más a la de Jesús.

La sensibilidad es lo que de­fine el seguimiento del Señor, pues nuestros sentidos son la puerta de ingreso a la realidad que vivimos. Yo tengo mi modo de mirar, un modo de escuchar, siento gusto o aversión por determinadas cosas, acojo o rechazo situaciones y personas según el signi­ficado que les dé cuando entren por mis sentidos. Pues entonces, para seguir a Jesús y que este seguimiento sea real, es decir que yo haga mis elecciones según las de Jesús, que mire como Él, que me conmuevan las mismas cosas que a Él, etc., dependerá, de­finitivamente, de que mi sensibilidad se parezca a la de Él. Y la sensibilidad no se transforma por ideas o por sentimientos, sino por realidades concretas, que entran por nuestros sentidos. Por lo que toco, miro, huelo, escucho, gusto. Necesito transformar mi sensibilidad al modo de Jesús. Para esto es que se propone “aplicar 5 sentidos”, es decir, disponer mis sentidos para que a través de mi imaginación entren en contacto con las realidades que vivió Jesús en los relatos del Evangelio. Y que en ese mirar, gustar, tocar, oler, escuchar con y como Jesús, se vaya transformando mi sensibilidad. Entonces podré acercarme y tocar la mano de la suegra de Pedro cuando Jesús “se acercó, la tomó de la mano y la levantó” (cf. Evangelio de Marcos cap. 1, 31). Y trataré de imaginar a Jesús cuando “se compadeció, extendió la mano y tocó” al leproso que se arrodilló ante Él suplicando ser curado, e imaginando trataré de hacer el ejercicio de tocar al leproso (cf. Evangelio de Marcos cap. 1, 41). Y en cada relato que tome para orar, imaginar y situarme en la escena tocando, mirando, oliendo, escuchando, gustando, sintiendo como lo haría el Señor.

Y no se trata tanto de hacer yo, cuanto de dejar que el Señor me conduzca en la escena. Es una oración en la que busco estar ahí y percibir con los sentidos de la imaginación lo que allí sucede. No sabemos muy bien cómo sucede, pues no depende de nuestros esfuerzos. Pero debemos suplicar la gracia de que el Señor nos conceda mientras nos disponemos y nos imaginamos presentes en el propio relato de la vida de Jesús, que sintamos con nuestros sentidos a su modo. La transformación de nuestra sensibilidad en una más parecida a la Suya, lo de­finirá todo, lo cambiará todo, y nuestro seguimiento será más real, con un modo de proceder más parecido al suyo. Y para que puedas hacer esta experiencia y profundices en este modo de orar.

Pasar de la cabeza al corazón

En efecto, el problema es que estamos tan llenos de nosotros mismos, de nuestra charla interior, de nuestros pensamientos, deseando con tal fervor hacerlo bien, que llegamos al punto de querer dominar la oración en sí y acumulamos obstáculos. Por lo demás, afortunadamente, ¡nada detiene al Espíritu Santo ni al amor! Sin embargo, “disponerse” puede ayudar.

Se trata de bajar de la cabeza al corazón para que los pensamientos se vayan y el silencio se instale. El “corazón” es el centro del ser humano. No sólo es emociones y afectos, es el centro de la vida, de donde proviene y en donde converge toda la vida espiritual. Es decir, “el corazón” es el hombre profundo. Para “pasar de la cabeza al corazón”, tenemos que prestar atención a nuestra posición corporal. En efecto, se trata de encontrar una posición corporal que me ayude y que me permita encontrar lo que busco y deseo. El objetivo no es encontrar una posición confortable o una posición que me permita olvidar el cuerpo para poder meditar, sino encontrar una posición corporal que me haga presente ante Aquel que es la fuente de la vida, el Señor.

Entrar en el silencio

Permanecer en silencio permite escuchar lo que ya no oigo: todo lo que me pasaba desapercibido hasta entonces, todo lo que me rodea, todas esas pequeñas cosas que parecen sin importancia. Al hacer silencio aparecen nítidamente todos los ruidos y preocupaciones que habitualmente vamos dejando al costado, para dedicarnos a lo que nos apura. Y sin embargo, en medio y a través de esto Dios viene a hablarme.

En la tradición espiritual cristiana silencio y escucha van de la mano. En efecto, se trata de permitir que el silencio profundice en nosotros hasta que nazca la Palabra de Dios. El silencio siempre es la promesa de un encuentro. Los Padres del desierto no insisten únicamente en el silencio exterior, el silencio de las palabras, sino en el silencio interior, el silencio del corazón. El silencio nos hace presentes en el presente. Y poco a poco, nos despierta en un silencio más profundo, un silencio que nos es concedido por El que está ahí y desea encontrarnos. Sin embargo, a menudo, basta con guardar silencio para que muchos pensamientos se agiten en nosotros. ¿Entonces qué debemos hacer? Para ayudarnos a entrar en el silencio interior, los maestros espirituales insisten en la percepción. En efecto, se trata de escuchar, ver, tocar, sentir y gustar “Lo que es” para entrar en la Presencia “del que Es”. Orar no es pensar en Dios, lo sabemos, es hacernos presentes ante Aquel que nos busca y desea comunicarse con nosotros.

En el desierto, lo accesorio desaparece y lo esencial se revela. La percepción, y no el pensamiento discursivo, es el camino de encuentro con Aquel que es la fuente de la vida. Te invito a hacer otra vez este ejercicio. Date un paseo prestando atención a tu respiración, a tu cuerpo, a tus sentidos, y estar ahí simplemente, en la percepción. Si percibes algunos pensamientos, no pasa nada, regresa a la percepción. ¡Escucha el silencio! Incluso en medio del ruido puedes escucharlo. Descubrir el silencio del corazón es descubrir la clave del encuentro.

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