Damos la Vida Junto a Él

Unir la vida a Cristo nos ha de llevar a dar la vida por los demás como Él lo hizo. Nos hace descubrir que, a pesar de nuestra pobreza y limitación, nuestra vida es útil a otros. Sabernos amados, elegidos y habitados por Él nos digni­fica, nos llena de gratitud y nos hace capaces de responder a tanto bien recibido ofreciendo la propia vida en disponibilidad a su misión. La ofrecemos actuando contra el egoísmo y la comodidad que muchas veces frustran el deseo de Dios en nosotros. El Señor nos invita a darle nuestro sí generoso, como hizo María de Nazaret. No quiere salvarnos ni cambiar el mundo sin nosotros. Aun cuando nos parezca de poco valor, ofrecerle nuestra disponibilidad se hace útil a otros porque el Padre asocia ese ofrecimiento a la vida y al Corazón de su Hijo, quien se ofrece por nosotros en la cruz.

 Puestos con Jesús, nos hacemos más cercanos al sufrimiento del mundo y buscaremos responder como Él lo hizo. Expresamos al Padre esta disponibilidad mediante una oración de ofrenda diaria. Suplicamos con humildad al Espíritu no ser obstáculo a su acción. Nos inspiramos y alimentamos de modo especial de la celebración de la Eucaristía, donde reconocemos la ofrenda perfecta de Cristo al Padre, modelo de nuestra vida ofrecida.

La Eucaristía nos revela el amor que va «hasta el ­final», un amor que no tiene medida, que es fuerza de resurrección. Jesucristo desea llevarnos por este camino “Como el Padre que vive me envió, y yo vivo por Él, así, quien me come a mí tendrá de mí la Vida” (Evangelio de Juan cap. 6, 57). En la comunión de su cuerpo y sangre, Cristo desea estar profundamente unido a nosotros. Nos comunica su Espíritu Santo. Como lo escribe San Efrén el Sirio “Llamó el pan, su cuerpo vivo, lo llenó de él mismo y de su Espíritu. (….). Y el que lo come con fe, come el Fuego y el Espíritu (…). Tomad y comedlo todos y comed con el mismo el Espíritu Santo. Es verdaderamente mi cuerpo y el que lo come vivirá eternamente”.

Por el don de su cuerpo y de su sangre, Cristo hace crecer en nosotros el don de su Espíritu, que ya recibimos durante el Bautismo y que se nos ofrece como “sello” en el sacramento de la Confirmación. Con la Eucaristía, asimilamos de una cierta manera, dice Juan Pablo II, el “secreto” de la resurrección, una resurrección que empieza hoy mismo en el corazón del mundo. ¿Por qué quiere hacernos este don inmenso de comunicarse Él mismo a nosotros, de comunicarnos su Espíritu? Porque desea que nos volvamos como Él. Nos da su capacidad de amar, de ofrecer nuestras vidas, con Él, por el Reino de Dios, un nuevo mundo que ya está en gestación. Es por esta razón que la Red Mundial de Oración del Papa – El Apostolado de la Oración – desde hace más de 175 años, nos invita a hacernos disponibles cada mañana a la misión de Cristo (Ejercicios Espirituales n° 91-100). Mediante una oración de ofrenda decimos a Jesús: “¡Aquí estoy!” “Puedes contar conmigo”.

Ofrecerme para el servicio de Cristo, cada mañana, es acoger lleno de agradecimiento el don gratuito del amor de Dios, es responder a este amor con mi vida al servicio del Reino, y esto a pesar de mis incoherencias, límites y fragilidades. Por esta ofrenda, entro en una existencia eucarística, una vida entregada al servicio del Señor y de los demás, al servicio de la Iglesia en el mundo. Esta ofrenda me hace participar activamente en el propósito de amor de Dios para la humanidad. Jesús vivió su vida como una ofrenda eucarística. Su última comida retomaba toda su vida ofrecida y entregada por amor. Este camino no le condujo a un callejón sin salida, sino a la resurrección y a la vida en abundancia. ¡Y esta vida de la felicidad eterna la quisiera para cada uno de nosotros! Por eso Él quiere arrastrarnos en esta “danza del amor”, aunque tenga que pasar por la Cruz.

El combate espiritual

Sin embargo, entrar en el mismo itinerario de Jesús, amar como Él nos ha amado hasta el punto de “dar su vida por sus amigos”, puede conducir a un combate espiritual: ” No te ruego que los saques del mundo, sino que los guardes del maligno” (Evangelio de Juan cap. 17, 15). Incluso es un criterio de ­fidelidad a Jesús como “el siervo no es mayor que su señor, ni un enviado es mayor que el que le envió.” (Evangelio de Juan cap. 13, 16) Todos lo experimentamos. Hay en nosotros connivencia con el mal, la mentira, todo lo que es rechazo de la vida, pero Cristo no nos deja solos, envió al Espíritu Santo, el Espíritu de verdad que procede del Padre, que desenmascara el enemigo, y ayuda a elegir la vida.

Responder al llamado personal que me hace Jesús, ponerme a su disposición, al servicio de la misión de la Iglesia en el mundo de hoy, con todos sus desafíos, con muchos otros, puede parecer emocionante. A menudo nos imaginamos, como los apóstoles, unidos al Corazón de Jesús, caminando con Él por los caminos de Galilea, por los verdes pastos pintados con mil ‑ores, o en las orillas del lago anunciado el Evangelio… pero nos olvidamos de la cruz.

Somos como los discípulos, como Pedro, para quien Jesús es el Mesías que vendrá a allanar el camino, a rebajar las montañas, de un golpe, sin esfuerzo de nuestra parte, como si tuviéramos una varita mágica, como si pudiéramos, por el solo hecho de estar cercanos a Jesús, evitarnos el sufrimiento y la cruz misma… “Nadie entra sin sufrir en el reino del amor.” No es que el sufrimiento sea necesario, pero en nuestro mundo aprender a amar pide aprender a desprenderse de sí mismo y a ofrecer su vida. Y esto nos conduce a menudo, para no decir siempre, a un camino de puri­ficación renovado y un auto-descentramiento hacia los demás… que pasa a través del sufrimiento, a veces la cruz, y la muerte. “Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tenéis tribulación; pero con­fiad, yo he vencido al mundo” dice Jesús en el Evangelio según san Juan (Evangelio de Juan cap.16, 33).

Qué dice la Palabra

Tal vez nunca nos encontremos en la situación en que tengamos que entregar la vida para salvar algo o a alguien, pero sí seguramente nos hemos encontrado en situaciones de tener que renunciar a una cosa que queremos o consideramos valiosas para salvaguardar otro valor. Y no es arriesgado pensar que reiteradas renuncias a lo largo del tiempo, pueden acabar por hacernos sentir que estamos dejando la vida por eso a lo que nos estamos entregando. Lo que es seguro es que el amor que sentimos por algo o por alguien es lo que mueve nuestras ­fibras íntimas para concretar la entrega y la renuncia. El amor nos moviliza y por amor somos capaces de grandes sacri­ficios.

Lo que parece paradójico es que esa misma renuncia o entrega, aunque signi­fica en el fondo un desprenderse o dejar algo, una muerte, en algún sentido, nos hace sentir vivos, incluso con una vida renovada y más plena, que si hubiésemos reservado aquello que entregamos. Parece que despojarse o morir a algo… da vida, hace nacer a algo nuevo. Esta experiencia es, en de­finitiva, la experiencia que va confi­gurando en nosotros una vida “eucarística”, una vida entregada, una vida capaz de dar vida entregándose, renunciando, muriendo a algo. Y si hacemos un recorrido por las páginas de la Biblia encontraremos numerosas vidas que germinaron a partir de una renuncia, de un despojo, de un morir a algo. “Esta viuda pobre ha dado más que todos los otros… pues ella, en su pobreza, ha dado todo lo que tenía para vivir (Evangelio de Marcos cap. 12, 43-44).

La vida al mundo, la reconciliación y la posibilidad para Dios de hacerse hombre, entró de la mano de la entrega de una mujer, María. Ella en su “darse”, en su SÍ que nos ganó la salvación, lo dejó todo, abandonó en manos del Padre toda su vida, todos sus proyectos, sin más certeza que su esperanza puesta en el autor de la invitación. “Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí según lo que has dicho” (Evangelio de Lucas cap. 1,38).

Los evangelios nos narran los encuentros de Jesús con los primeros discípulos, el llamado que les hace y el modo en que ellos “dejándolo todo lo siguieron”, naciendo a una nueva existencia, a una nueva situación para sus vidas. “Entonces, amarrando las barcas, lo dejaron todo y le siguieron” (Evangelio de Lucas cap. 5,11). “Los llamó. Ellos, dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, se fueron con Él” (Evangelio de Marcos cap. 1,20). La experiencia de la entrega es siempre un despojo, un dejar morir que supone entrar en un proceso de dolor que no nos será ahorrado. Ninguno que se haya jugado por entero, que haya puesto lo mejor de sí, podrá decir que lo hizo sin dolor o sin sufrimiento. El sufrimiento, aunque no buscado, es casi el efecto no deseado de la entrega.

 La vida de María, José y Jesús no fue mezquina de sinsabores. José no tan sólo se hizo cargo del niño y de la Madre, renunciando a sus proyectos y asumiendo un misterio que no terminaba de entender, sino que con generosidad y entrega asumió di­ficultades y contradicciones que no le fueron menores. Ante los peligros que amenazaban la vida del niño “Se levantó, todavía de noche, tomó al niño y a su madre y partió hacia Egipto, donde residió hasta la muerte de Herodes” (Evangelio de Mateo cap. 2, 14-15).

Los evangelios nos relatan el último momento comunitario de Jesús con sus discípulos, en el que toda entrega y toda renuncia cobran su sentido último, donde todo lo vivido por Jesús en la tierra llega a su punto culmen. “Después de haber amado a los suyos que estaban en el mundo los amó hasta el extremo… se levanta de la mesa, se quita el manto, y tomando una toalla, se la ató a la cintura. Después echa agua en un recipiente y se puso a lavarles los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que llevaba en la cintura” (Evangelio de Juan cap. 13,1. 4-6) “Mientras cenaban, tomó pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio diciendo: Tomen, esto es mi cuerpo. Y tomando la copa, pronunció la acción de gracias, se la dio y bebiendo todos de ella. Les dijo: Esta es mi sangre, sangre de la alianza, que se derrama por todos” (Evangelio de Marcos cap. 22-24).

Estos dos relatos no son sino dos caras de la misma moneda, en ellos Jesús se da a sí mismo, se queda entre nosotros para ser alimento que dé vida, pan que se parte y se comparte. La Eucaristía es entrega y servicio. Jesús lo vivió y lo expresó de ese modo, con gestos, con palabras y con toda su vida. Así nosotros hemos de entregarnos y compartirnos con nuestros hermanos si queremos ser parte de la Eucaristía con Jesucristo. . ¿Cómo? Con el estilo de Jesús, poniéndonos al servicio, estando a los pies de las necesidades de nuestros hermanos, ayudándolos en sus di­ficultades. Jesús es la mayor entrega de amor, es el culmen de todos los sacri­ficios y todas las renuncias, en quien todos somos invitados a darnos, a compartir su entrega, a ser hijos con el Hijo compartiendo su misión. Así como compartimos su vida y lo acompañamos en su caminar, somos invitados también al momento clave de la identi­ficación con el Maestro, el momento de la cruz, de la entrega, de tomar el sufrimiento no deseado, no querido y no buscado.

A la manera de Jesús somos invitados a con­figurarnos también con Él en esta parte de su vida en la tierra, perseverando en nuestras luchas, mirándolo a Él que nos abrió el camino de la entrega que da vida. En esa con­fianza en que Él va a la pasión, que Él nos ha ganado la vida para siempre, podemos elegir caminar con Él nuestras di­ficultades, nuestros sufrimientos, para que unidos a su Pasión, el Padre los resucite y los haga fecundos. Déjate ganar el corazón por Jesús que por ti va a la Pasión, quédate con Él, acompaña este momento y entrega tu vida para que Él la lleve en su madero.

Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad, todo mi haber y mi poseer; Vos me lo disteis, a Vos Señor lo torno; todo es vuestro, disponed a toda vuestra voluntad; dadme vuestro amor y gracia, que ésta me basta. (San Ignacio, Ejercicios Espirituales 234).

Perspectiva de la fe, el símbolo de la Cruz

La cruz, es el símbolo que nos identi­fica como cristianos. Como todo símbolo tiene por función transmitir signi­ficados complejos o abstractos, cuya densidad resulta difícil de resumir en el lenguaje cotidiano, como sentimientos, valores, actitudes. Son el nexo entre lo visible y lo invisible, entre lo concreto y lo abstracto. ¿Qué simboliza la Cruz, hoy, para nosotros? ¿Qué simbolizó la cruz para Jesús y los primeros cristianos? La primera respuesta que nos surge es que la Cruz, simboliza nuestra participación en la Pasión y muerte de Jesús.

La entrega de Jesús está reflejada en su servicio al dolor del mundo que consistió en su fi­rme compromiso por la transformación absoluta de la realidad, amando al hermano marginado, dolorido o humanamente deshecho. Comenzó con la encarnación, pero no una encarnación abstracta, sino concreta y tangible, en las periferias del poder, entre pobres y marginados. El dolor del mundo es el dolor de Dios en el mundo. El vaso de agua dado al sediento no podría alcanzar a Cristo (Evangelio de Mateo cap. 25, 35-45), si primero no le hubiera alcanzado la sed. Cristo Jesús, sufre con el que sufre. En su ser para los demás, Jesús vivió de manera contraria al Anti-reino de este mundo.

La Cruz, es un modo de vincularnos con la realidad, un modo de ser en comunidad, nadie está libre de ella. La cruz no es una forma de ascetismo, sino una forma de vida y de ser ante el mundo y ante los hombres. Toda la vida de Jesús fue un dar-se, un ser-para-los-demás; fue un intento y una realización en su existencia de la superación de todos los conflictos. Pero Él con­fió y creyó hasta el ­final. La Cruz en el cristiano es participación en la pasión del Señor, en la con­fianza absoluta en el amor in­finito de Dios Padre que después de cada cruz nos corona con la resurrección.

Entrada espiritual: Ofrecer la vida con el Hijo

El centro y el corazón del carisma de la Red Mundial de Oración del Papa es la disponibilidad apostólica a la misión de compasión de Jesús por el mundo. Es la actitud del corazón de ofrenda total de mi vida con todo lo que soy y tengo uniéndome a Cristo para su misión, por el Reino de Dios. Es la completa disponibilidad, sin reservas con el deseo profundo de unirme a Jesucristo a su Corazón para que Él disponga en favor de su reino. Esta disponibilidad acompaña todo mi día, y lo impregna todo.

Es así que la oración de ofrecimiento es por la que nos entregamos al Padre, nos hacemos disponibles a su misión de compasión. En ella le decimos al Padre “Aquí estoy” con todo mi ser, con toda mi vida, con el deseo de unirme al ofrecimiento de sí mismo, del Hijo al Padre, para ser hijos con Él en la misión de compasión. No es sólo ofrecer nuestros trabajos del día sino todo nuestro ser, la disposición interior a ser apóstoles en la misión de compasión por el mundo.

Pero ¿cuál es esa misión en la Red de Oración del Papa? ¿Cuál es el lugar de encarnación de esa misión en este tiempo para los que participan de esta Red de Oración? No es otro que los desafíos de la humanidad y de la misión de la Iglesia, expresados por las intenciones de oración del Papa cada mes. Ese es el lugar concreto donde se encarna la misión, donde el Señor nos invita. Orar y movilizar nuestras vidas por necesidades concretas de hombres y mujeres de este mundo. Así, en la oración de ofrecimiento le decimos al Señor que somos y estamos completamente para Él para esta misión que nos ha con­fiado y que se nos concreta, y es lugar de encarnación en las intenciones de oración del Papa.

No solo rezamos por las intenciones, sino que las llevamos a la vida de cada día, a las relaciones, a las tareas cotidianas vividas en el amor y ofrecidas por lo que pide el Papa cada mes. De esta forma concreta somos colaboradores de la misión de Cristo. Él nos hace pan partido para los hermanos. El Señor nos invita a esta total disponibilidad para hacer de nuestra vida una eucaristía con Él. Vivir eucarísticamente es vivir disponibles a Cristo, a su misión con todo lo que somos y tenemos para colaborar con Él en su misión de compasión, en favor de nuestros hermanos. Mi vida se convierte en una permanente Eucaristía, acción de gracias a Dios por todo y don a los hermanos, en primer lugar los que viven conmigo.

¿Qué dice el Papa?

“La fe es también creerle a Él, creer que es verdad que nos ama, que vive, que es capaz de intervenir misteriosamente, que no nos abandona, que saca bien del mal con su poder y con su infinita creatividad. Es creer que Él marcha victorioso en la historia «en unión con los suyos, los llamados, los elegidos y los ­eles» (Apocalipsis cap. 17,14). Creámosle al Evangelio que dice que el Reino de Dios ya está presente en el mundo, y está desarrollándose aquí y allá, de diversas maneras: como la semilla pequeña que puede llegar a convertirse en un gran árbol (Mateo cap. 13,31-32), como el puñado de levadura, que fermenta una gran masa (Mateo cap. 13,33), y como la buena semilla que crece en medio de la cizaña (Mateo cap. 13,24-30), y siempre puede sorprendernos gratamente.

Ahí está, viene otra vez, lucha por florecer de nuevo. La resurrección de Cristo provoca por todas partes gérmenes de ese mundo nuevo; y aunque se los corte, vuelven a surgir, porque la resurrección del Señor ya ha penetrado la trama oculta de esta historia, porque Jesús no ha resucitado en vano. ¡No nos quedemos al margen de esa marcha de la esperanza viva! Como no siempre vemos esos brotes, nos hace falta una certeza interior y es la convicción de que Dios puede actuar en cualquier circunstancia, también en medio de aparentes fracasos, porque «llevamos este tesoro en recipientes de barro» (Segunda Carta a los Corintios cap. 4,7). Esta certeza es lo que se llama «sentido de misterio». Es saber con certeza que quien se ofrece y se entrega a Dios por amor seguramente será fecundo (cf. Evangelio de Juan cap. 15,5).

 Tal fecundidad es muchas veces invisible, inaferrable, no puede ser contabilizada. Uno sabe bien que su vida dará frutos, pero sin pretender saber cómo, ni dónde, ni cuándo. Tiene la seguridad de que no se pierde ninguno de sus trabajos realizados con amor, no se pierde ninguna de sus preocupaciones sinceras por los demás, no se pierde ningún acto de amor a Dios, no se pierde ningún cansancio generoso, no se pierde ninguna dolorosa paciencia. Todo eso da vueltas por el mundo como una fuerza de vida. A veces nos parece que nuestra tarea no ha logrado ningún resultado, pero la misión no es un negocio ni un proyecto empresarial, no es tampoco una organización humanitaria, no es un espectáculo para contar cuánta gente asistió gracias a nuestra propaganda; es algo mucho más profundo, que escapa a toda medida. Quizás el Señor toma nuestra entrega para derramar bendiciones en otro lugar del mundo donde nosotros nunca iremos.

El Espíritu Santo obra como quiere, cuando quiere y donde quiere; nosotros, nos entregamos, pero sin pretender ver resultados llamativos. Sólo sabemos que nuestra entrega es necesaria. Aprendamos a descansar en la ternura de los brazos del Padre en medio de la entrega creativa y generosa. Sigamos adelante, démoslo todo, pero dejemos que sea Él quien haga fecundos nuestros esfuerzos como a Él le parezca. Para mantener vivo el ardor misionero hace falta una decidida con­fianza en el Espíritu Santo, porque Él «viene en ayuda de nuestra debilidad» (Carta a los Romanos cap. 8,26). Pero esa con­fianza generosa tiene que alimentarse y para eso necesitamos invocarlo constantemente. Él puede sanar todo lo que nos debilita en el empeño misionero. Es verdad que esta con­fianza en lo invisible puede producirnos cierto vértigo: es como sumergirse en un mar donde no sabemos qué vamos a encontrar. Yo mismo lo experimenté tantas veces. Pero no hay mayor libertad que la de dejarse llevar por el Espíritu, renunciar a calcularlo y controlarlo todo, y permitir que Él nos ilumine, nos guíe, nos oriente, nos impulse hacia donde Él quiera. Él sabe bien lo que hace falta en cada época y en cada momento. ¡Esto se llama ser misteriosamente fecundos! (Papa Francisco, Evangelii Gaudium nº 278 a 280).

Quiero que María corone estas reflexiones, porque ella vivió como nadie las bienaventuranzas de Jesús. Ella es la que se estremecía de gozo en la presencia de Dios, la que conservaba todo en su corazón y se dejó atravesar por la espada. Es la santa entre los santos, la más bendita, la que nos enseña el camino de la santidad y nos acompaña. Ella no acepta que nos quedemos caídos y a veces nos lleva en sus brazos sin juzgarnos. Conversar con ella nos consuela, nos libera y nos santi­ca. La Madre no necesita de muchas palabras, no le hace falta que nos esforcemos demasiado para explicarle lo que nos pasa. Basta musitar una y otra vez: «Dios te salve, María…». Gaudete et Exultate nº 158 a 176.

Desde la oración: ‘dar la vida’ en lo concreto

¿Por qué motivos darías la vida? En nuestras conversaciones habituales solemos escuchar que las personas dicen «daría la vida por» o «daría la vida con tal que…» cuando se quiere expresar el sacri­ficio que se está dispuesto a realizar por algo o alguien. Sin embargo, detrás de estas frases pueden existir motivos distintos. Uno de los motivos puede ser el egoísmo, pero también puede ser el reflejo de un amor profundo.

Cuando utilizamos la expresión «daría la vida» podemos encontrarnos con dos cosas. La primera es que tal vez caeríamos en la cuenta de que entregaríamos la vida por muy pocos motivos, y que en su mayoría sería por un provecho meramente personal. Pero también podríamos encontrarnos con la sorpresa de reconocer cuánto valoramos la vida de los demás y del sacrifi­cio que estamos dispuesto a realizar por otros.

Pero ¿qué pasaría si en realidad aquello por lo que entregarías la vida, por ejemplo, el bienestar en una relación, la paz en una situación, o la felicidad de los demás, no dependiera exclusivamente de que entregues «tu» vida, sino que simplemente la transformes? Si la felicidad de la otra persona está en que cambies de actitud, ¿lo harías? Si para lograr bienestar y armonía en una relación tuvieras que buscar nuevas maneras de vincularte, ¿cambiarías tu forma de actuar? Incluso, si la felicidad de una persona dependiera de que seas tú el que “pierdes”, ¿estarías dispuesto a hacerlo? Qué pasaría si te dieras cuenta de que puedes alcanzar lo que deseas cambiando tu manera de ser y de actuar ¿Qué decisiones tomarías?

Dar la vida por el bienestar de la otra persona puede ser muy loable. Entregar la vida para que el otro viva, puede ser un gesto enorme de amor. Este ha sido el gesto de amor más grande que ha conocido la humanidad. Jesús al compartir el pan y el vino con sus discípulos estaba anticipando la entrega de­finitiva de amor que sellaría con su muerte en la cruz. No existió ni existirá jamás mayor gesto de amor y entrega que el realizado por el Hijo de Dios. En la cruz Jesús revela su amor que llega el extremo de la entrega para que otro viva, independientemente de si es bueno o malo, justo o injusto, pecador o santo, porque su entrega es para todos y para siempre.

Cuando escuchamos en el evangelio decir a Jesús que «el discípulo no es más que su maestro, ni el siervo más que su señor» y añade que le basta al «discípulo ser como su maestro, y al siervo como su señor» podemos caer en la tentación de creer que necesitamos hacer un sacri­ficio idéntico al de Jesús. La ofrenda de nuestra vida es una actitud interior que brota de la eucaristía y tiene su culmen en la cruz. Signi­fica estar disponibles interiormente para que nuestra vida sea alimento para los demás. Hay situaciones que no mejoran en nuestro entorno porque no estamos dispuestos al sacrifi­cio de ceder un poco y proceder de otra manera. Nuestra vida se vuelve ofrenda cuando la ofrecemos a Dios como instrumento de amor y redención para los demás.

Cuando tomamos la propia vida como don de Dios y queremos entregarla como Jesús nos convertimos en personas eucarísticas. Ser discípulos de Jesús tiene el sello de la entrega y del sacri­cio que nace del amor. ¿Estarías dispuesto a colaborar con Jesús en su misión para dar vida? Jesucristo dijo, «No hay mayor amor que aquel que da la vida por sus amigos» (Evangelio de Juan cap. 15, 13).

Jesús, por medio de sus palabras, gestos, y manera de proceder consoló a muchísima gente. Les dio esperanza, les ayudó a creer y a recuperar la fe. Si examinaras con cuidado y valentía el curso y ritmo de tu propia vida, y te decidieras a colaborar para que los demás vivan mejor, te darías cuenta de lo mucho que podrías ayudar en la felicidad de los otros.

Al comulgar entramos en comunión con Jesús, nosotros nos alimentamos con su Cuerpo y Sangre y él nos toma a cada uno de nosotros. En sus manos traspasadas por los clavos de la cruz nos moldea como discípulos eucarísticos. Él asume la principal responsabilidad de tomarnos como discípulos suyos, pero exige al mismo tiempo de nosotros una absoluta disponibilidad. Somos tomados por Jesús en el mismo momento en que nosotros lo tomamos a Él como alimento. A través del acto de comunión va delineando los rasgos que nos de­finen como discípulos suyos.

«Llevamos este tesoro en vasijas de barro» (Segunda Carta a los Corintios cap. 4,7). No son nuestras cualidades y talentos las que instauran el Reino de Dios, como tampoco nuestras limitaciones pueden impedir que éste se realice. Nuestras debilidades no son excusa, ni nuestras carencias son razón su­ficiente, para que Dios detenga su plan. Nuestra flaqueza nunca será más grande que su poder. La fragilidad humana no es obstáculo para que Dios interrumpa su acción salví­fica que puede operar con nuestra colaboración.

Propuestas de ejercicios Ofrecimiento

Ahora que ya has recorrido este paso podrás tomarle más sabor a la “Oración de Ofrecimiento”. Te invitamos a que cada mañana digas esta oración con el corazón, sintiendo y deteniéndote en cada frase y palabra. Gusta de su sentido profundo. Rézala sin tiempo y sin apuros, para que la belleza y la densidad de cada palabra cale tu corazón como gota que horada la piedra.

Padre Bueno, sé que estás conmigo Aquí estoy, en este nuevo día. Pon una vez más mi corazón Junto al Corazón de tu Hijo Jesús Que se entrega por mí Y que viene a mí en la Eucaristía. Que tu Espíritu Santa me haga su amigo y su apóstol Disponible a su misión. Pongo en tus manos mis alegría y esperanzas Mis trabajos y sufrimientos Todo lo que soy y tengo En comunión con mis hermanos y hermanas De esta Red Mundial de Oración. Con María te ofrezco mi jornada Por la misión de la Iglesia Y por las intenciones de oración del papa para este mes. Amén.

Ejercicio

Te proponemos participar de la celebración de la Eucaristía con el deseo de encontrar a Cristo Resucitado. Vivirla como la celebración de la Cena del Señor, donde compartimos la necesidad y el alimento y comunicamos Su Alegría. Escuchar las palabras de las lecturas como si Él me hablase y las palabras de la oración eucarística come si Él las dijese. Ver los gestos de consagración del pan y del vino como si él los hiciese, haciendo lugar en el corazón a sus palabras “cada vez que hagan estos gestos sepan que Yo en Persona estaré con ustedes”. Acoger la comunión como si Él me alimentase. Recibir la oración y bendición ­final como si Él me enviase en misión. ¿Hasta qué punto vivo según el estilo de Jesús o busco una vida confortable, con seguridad y sin combate? ¿Mi vida es eucarística?

Práctica del Examen Temático. Recordemos… ¿Qué es el discernimiento espiritual?

Es el arte de interpretar hacia qué dirección nos conducen los deseos del corazón, sin dejarnos seducir por aquello que nos lleva a donde nunca hubiéramos querido llegar. El discernimiento es el término genérico para la práctica de toma de decisiones en mi situación de vida concreta para buscar y hallar la voluntad de Dios.

Seis cosas recordamos a cerca del discernimiento espiritual

1.- Que en nuestro sentir pueden actuar tres fuerzas distintas: nuestro yo natural, el buen espíritu y el mal espíritu.

2.- De dónde proceden y a dónde conducen las mociones (sentimientos, pensamientos) de nuestro corazón.

3.- Que cada una de esas fuerzas mueve hacia su propia dirección.

4.- Que tanto el buen espíritu como el mal espíritu actúan en nuestro sentir natural.

5.- Que Dios apoya el buen espíritu, el cual nos mueve hacia la libertad. El mal espíritu nos mueve hacia la esclavitud.

6.- Que para elegir bien es indispensable aprender a distinguir estas fuerzas y tener libertad interior.

Relectura: hacer discernimiento. Te invitamos a que hagas una práctica sencilla para entrenarte en el discernimiento. Te daremos un paso a paso para que te pongas a la escucha del Espíritu del Señor, puedas escrutar tu corazón y descubrir tus movimientos interiores. Y decidirte por aquello que te abre a la Vida del Señor.

1.Ponte en la presencia del Señor, con sencillez cobra conciencia que Él te acompaña y está contigo en este rato de oración. Contacta con el silencio del corazón.

2.Toma un tiempo de agradecimiento, recorre con tu corazón y tu cabeza todo lo que deseas agradecer al Señor, entra en detalle de aquellas cosas que deseas agradecer.

3.Toma el pulso de tu vida, de los lugares y situaciones por dónde te pasan las cosas de este tiempo, qué es aquello que más resuena. Y pide al Señor que te muestre aquella decisión que debes tomar en este tiempo. Ese paso que debes dar y decidir. Puede ser grande o pequeño, laboral, familiar, un viaje. Pide que te muestre qué caminos se abren para ti.

4.Pide luz para comprender cómo esta situación que tienes entre manos ha impactado en tu vida, cómo impacta en este momento. ¿Qué fuerzas tiran en tu interior? ¿Qué fuerzas sientes que te tiran hacia Dios y cuáles te alejan? ¿En qué fuerzas reconoces la paz del Señor y en cuáles no?

5.Pide al Señor que te muestre las consecuencias de los caminos que podrías tomar, cómo afectaría una u otra decisión, en un sentido o en su contrario. ¿Cómo se verían impactados otros, dolores, alegrías? ¿Cuál sería el bien mayor de la situación más allá de las emociones que hoy están y podrían no estar después?

6.¿Qué te hacen sentir a ti los caminos que podrías tomar? ¿Qué emociones se despiertan? ¿De dónde vienen y hacia dónde te impulsan esas emociones? ¿En qué camino estás más en conexión con la Vida, con los hermanos, con el Amor que proviene del Padre? ¿En cuáles caminos ves que en ti se reflejan las actitudes del Señor y en cuáles no?

7.Toma nota de lo que descubras. Pon en manos del Señor todo este asunto.

8.Si te sientes inclinado a decidir en estos momentos, pon la decisión en manos del Señor y que Él te con­firme y te diga si esa decisión es lo que espera de ti. Cierra esta oración, agradece al Señor su presencia, y pide al Señor que se haga su Voluntad.

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