Una misión de compasión

Dios, el Padre de Jesús y Padre nuestro, quiere hacer presente su compasión en el mundo en y a través de nosotros sus discípulos. Somos invitados a hacer nuestra su mirada sobre la humanidad y a actuar con los sentimientos del Corazón de Jesús. Aun cuando nos encontremos limitados por la enfermedad o restringidos físicamente, aún cuando nos sintamos incapaces de cambiar las estructuras injustas de nuestra sociedad, participamos de esta misión haciendo nuestra la mirada compasiva de Dios hacia todos nuestros hermanos y hermanas.

Somos enviados con el Hijo, de maneras diversas, a las periferias de la existencia humana, allí donde hombres y mujeres sufren la injusticia, para contribuir a sostener y sanar a los que tienen el corazón desgarrado. Ya que nosotros mismos hemos sido bene­ficiados de la compasión de Dios, podemos entregarla a otros. Es nuestra respuesta a su amor por nosotros (reparación). Vamos más allá de las fronteras visibles de la Iglesia, pues allí donde existe la compasión, allí está el Espíritu de Dios. Nos unimos espiritualmente a todos los que en diferentes culturas o tradiciones religiosas son dóciles a este Espíritu y se movilizan para aliviar el sufrimiento de los más débiles.

Las palabras “compasión” y “misericordia”, que se encuentran en la Biblia, re­flejan un término griego que significa que sentimos el sufrimiento de los demás y somos empujados interiormente, por amor, a actuar en su favor. Es un movimiento que viene de dentro, de las “entrañas”, del “seno materno”, del “corazón”. Es lo que vemos en Jesús. A menudo se nos dice que tiene compasión frente a la muchedumbre, a los enfermos, los ciegos y leprosos, el hombre poseído en el país de los Gadarenos, o la viuda de Naím que perdió a su único hijo. Jesús tiene esta capacidad increíble de conmoverse profundamente por los demás, y lo que siente internamente se vuelve decisión, lo moviliza hasta conducirlo a la acción. Lo que vive es también lo que enseña, la parábola del buen samaritano es significativa en este sentido: “Bienaventurados los misericordiosos, pues ellos recibirán misericordia” (Evangelio de Mateo cap. 5,7)

En la Red Mundial de Oración del Papa se nos invita a una misión de compasión por el mundo, orando y movilizándonos por los desafíos a los que se enfrentan la humanidad y la misión de la Iglesia. Esto requiere consentir hacerse vulnerables, dejarse conmover profundamente por lo que viven nuestros hermanos y hermanas en todo el mundo. Esto signi­fica dejar caer nuestros “escudos” y derribar nuestras “paredes” para salir de la indiferencia y entrar en una “cultura del encuentro”. Es porque estamos totalmente unidos al Corazón de Jesús que podemos, con Él, abrimos en con­fianza. Porque hemos hecho la experiencia de ser amados y perdonados, y hemos experimentado la profunda misericordia del Señor para con nosotros, es que podemos a la vez convertirnos en misioneros de la misericordia, testigos de la Alegría del Evangelio.

Una entrada bíblica desde la compasión

“¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?” “¿Qué está escrito en la ley?” “¿Qué lees en ella?” “¿Quién es mi prójimo?” El Evangelio de Lucas nos trae un relato en el que estos interrogantes dan vueltas en el diálogo entre Jesús y un letrado. Y empieza el Señor a narrar… “Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos, y se marcharon, dejándolo medio muerto” (Evangelio de Lucas cap. 10, 25-37). Y esa parábola, esa construcción del relato le sale al Señor de las entrañas, del corazón, pues caminaba las calles muy atento a los mendigos, necesitados que veía tirados en las orillas de los caminos. Y esta vez nos cuenta que este hombre, que no tiene nombre, sólo dice de él que era un “hombre”, bajaba de Jerusalén a Jericó ciertamente un camino peligroso, nada sencillo de hacer en ese tiempo.

Y este hombre debía saberlo y aun así se decide a “bajarlo”, bajo su riesgo. Y ha encontrado lo que era de esperarse, que ese peligro abstracto se concretara en una acechanza real. Unos forajidos lo asaltaron y lo dejaron medio muerto. Podríamos decir que se la buscó o que lo debió haber previsto. Como tantas veces pensamos de las personas que conocemos que toman decisiones riesgosas y sufren las consecuencias negativas de ellas. Y allí ha quedado este hombre tirado, desvalido y necesitado.

Y así por ese mismo camino pasa un sacerdote y luego un levita. Personajes conocidos de esos tiempos, hombres religiosos y bien formados, ocupados de la piedad y el culto a Dios. Sin embargo “haciendo un rodeo”, diríamos “esquivando el bulto”, siguen su camino. Miran para otro lado, cierran su corazón y no ven o “no quieren ver” al desdichado hombre tirado y necesitado de ayuda. Puede ser también para nosotros una gran tentación, si estamos cerca del mundo de lo sagrado, vivir lejos del mundo real donde los hermanos luchan, trabajan y sufren y quedarnos cómodos en nuestros espacios devocionales alejados de la realidad. Enfermos de una espiritualidad intimista encerrada en las paredes de los templos.

Otras tantas veces muchos de nosotros pasamos de largo siguiendo nuestro camino, metidos en “nuestros temas” sin siquiera advertir si alguien necesita de nosotros. En el relato construido por Jesús para quienes lo seguían, no serán los hombres del culto los que mejor nos pueden indicar cómo hemos de tratar a los que sufren, sino las personas que tienen un corazón misericordioso. No es el culto la clave, sino el amor. Pues por el camino se acerca un samaritano. Claramente no viene del templo. No pertenece al pueblo elegido de Israel. Tampoco es una persona valiosa a los ojos de los que oían en ese momento a Jesús. Es más bien un personaje no querido, de quien nada bueno podía esperarse.

Los samaritanos estaban enemistados con los judíos, pues éstos acusaban a los primeros de no ser ­eles al Dios de Israel y en cambio adorar a otros dioses. Sin embargo, este samaritano, sí se detuvo, prestó atención al hombre tirado en el camino y lo asistió. Prestemos atención a algunos detalles del relato. ¿Qué ha movido a este samaritano a detener su marcha? Sólo la misericordia y la compasión, pues este hombre desconocido y medio muerto no iba a poder retribuir ningún gesto que este samaritano tuviera con él. Es que la misericordia es la única reacción verdaderamente humana ante el sufrimiento del otro.

La misericordia del samaritano humaniza, la indiferencia del levita y del sacerdote del relato deshumaniza. La compasión es la actitud radical de amor que ha de inspirar la actuación del ser humano ante el sufrimiento de los demás. Este samaritano “lo ve”, es decir que no pasa distraído, va atento, presta atención y se da cuenta de aquello que los otros dos ignoraron. También se detiene y asiste al caído, curas sus heridas con aceite y vino. Es que la compasión no es un sentimiento sino un principio de acción, un principio que nos mueve a actuar. ¿Cómo? Miremos al samaritano:

• Ve, se da cuenta que sufre.

• Se detiene, y pierde el tiempo con el que está tirado.

• Se desvía de lo propio y deja lo de él, el camino que había planeado.

• Da lo que el otro necesita, invierte tiempo, dinero y creatividad para aliviar al otro.

La Iglesia es para servir.

El corazón de la Iglesia es la oración y de la oración y el encuentro con el Resucitado emerge el servicio. Por tanto servir está en el corazón de la misión. “Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos. Porque el mismo Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud” (Evangelio de Marcos cap. 10,45). Servir a los pobres, ancianos, enfermos, excluidos, marginados de la sociedad; a todos los que no tienen poder y no pueden aportar ni poder, ni fama, ni éxito ni pagar por su servicio.

Aun cuando el panorama mundial puede presentarse desolador, la crisis actual, no ha logrado apagar el anhelo profundo que existe en el ser humano, de que el mundo sea más digno, justo y fraterno para todos. El gran desafío que tenemos los seres humanos, creyentes o no, es encontrar caminos nuevos para hacer que la vida sea más humana, digna y sana. Y de esto se trata la misión de compasión, entusiasmarnos, vibrar, trabajar… en defi­nitiva orar y movilizar nuestras vidas por los desafíos que nos propone el Santo Padre cada mes en sus intenciones de oración.

Estos desafíos son el lugar de encarnación de la misión de Cristo para la Red Mundial de Oración. Allí, en las intenciones de oración del Papa, se concreta nuestra misión. Debemos recuperar el entusiasmo por la misión de Cristo, la pasión por su Reino de Justicia y de Amor. Pero, además, los seguidores de Jesús, no llevamos la misión adelante de cualquier modo, lo hacemos con el estilo de Jesús. Así, es el Camino del Corazón que nos ayuda a sintonizar con las actitudes y sentimientos de Jesús y salir al encuentro de los hermanos.

Del encuentro personal e irremplazable que tenemos con Él en la oración, brotarán de nuestro interior los sentimientos y las actitudes que movilizaron el Corazón de Jesús cuando vio el sufrimiento de tanta gente. Él buscó ante todo que la existencia de las personas sea más digna, y propuso con su vida un estilo particular para que el mundo sea más justo. Acercándonos al Corazón de Jesús, nos acercamos también a sus sufrimientos y a sus sentimientos por todos. Por eso El Camino del Corazón que estamos recorriendo nos conduce a una misión de compasión por el mundo.

Necesitamos dejar que el Amor de Dios nos alcance y que las actitudes de Cristo nos marquen el estilo personal. De allí surgirá en nosotros el entusiasmarnos por su causa o su misión concreta, la pasión por Su proyecto de vida más humana y dichosa para todos. El Amor del Señor nos forja Su estilo para Su misión. El amor del Padre manifestado en Jesús no es teórico. Es un amor concreto en palabras, gestos y obras que debemos encarnar en nuestra vida en el lugar en el que se nos concreta la misión: los desafíos de la humanidad y de la misión de la Iglesia.

Seguidores del Resucitado En la Iglesia, y conformando una Red Mundial de Oración, cada uno de nosotros es un apóstol de la oración, o como le gusta decir al papa Francisco, «discípulos misioneros». Colaboramos con Jesús en su misión, respondiendo al llamado particular que nos hace el Papa por medio de sus intenciones. Cada mes el Santo Padre pide que movilicemos nuestro amor, para que no quede sólo en palabras o sentimientos epidérmicos. Nuestra manera de amar a Jesús debe reflejarse en gestos de compasión, solidaridad y misericordia con los demás. Nuestro amor en la Iglesia debe anunciar a Cristo. «La Iglesia ha de llevar a Jesús: este es el centro de la Iglesia. Si alguna vez sucediera que la Iglesia no lleva a Jesús, sería una Iglesia muerta» (Homilía Santa Marta, 7 de septiembre de 2013)

Los desafíos de la compasión

Una misión de compasión Entrada desde la oración Las personas dejamos huellas en los demás. Algunas son dolorosas, pero otras están llenas de amor, aceptación, compasión, misericordia. A muchos tenemos que agradecer lo que somos. A lo largo de nuestra vida seguramente nos encontramos con personas que nos dieron el consejo oportuno, un apretón de manos, y no faltaron los abrazos cálidos y amables que nos dieron seguridad y contención. Esas personas han dejado una huella de amor imborrable.

¿Puedes imaginar la huella imborrable que dejó Jesús en todas aquellas personas a las que curó, liberó, resucitó? Jesús se encontró con un pueblo necesitado de compasión y se brindó a ellos hasta la muerte. Pero Jesús no era un curandero. No vino a remendar la vida de las personas o a poner paños fríos a los confl­ictos, sino a iniciar una revolución interior, profunda, que comienza en el corazón de todos los hombres y que espera que se extienda a todos los confines del mundo. Inauguró una misión de compasión. Jesús nos invita a vivir desde la compasión como actitud fundamental de vida. La compasión resume el amor que recibimos de Jesús y el que estamos llamados a dar a los demás.

Es la síntesis de la dinámica amorosa en la que el Señor nos «primerea» en el amor y la compasión y nos invita reproducirla con los demás. ¿Cuenta con nuestra colaboración para que la propuesta de amor del Padre llegue a todos los confines del mundo? Jesús no fue indiferente al dolor, a la esperanza y a la fe de su pueblo. Dejó que la vida de los demás resonara fuertemente en su corazón y obró en consecuencia con su amor y misericordia. Aquellas situaciones fueron desafíos de su tiempo que tocaron profundamente su corazón. Seguramente fueron temas de conversación con su Padre durante sus momentos de oración.

Para tener parte con Él necesitamos transformar nuestro corazón, sintonizar con el suyo, escuchar la voz de Dios en nuestro interior y aprender a mirar con sus ojos. Solamente así habrá garantía de disponibilidad interior para lo que el Espíritu de Dios nos inspire. ¿De qué manera desarrolló Jesús su misión de compasión y cómo podemos colaborar nosotros con él? El primer desafío con el que se encontró Jesús fue comunicar que el amor de su Padre es gratuito. Esta fue y será el primer y más grande desafío. Sentirse amado gratuitamente. Es maravilloso sentirnos amados por quienes somos y no por nuestros logros y conquistas. Vivir el amor gratuito es una experiencia que nos funda como seres humanos. Cuando podemos experimentar este amor, nos abrimos a la relación con los demás con un corazón agradecido.

No hay experiencia más honda para engendrar un corazón compasivo que sentirse amado incondicionalmente. Jesús, necesita que entendamos que el amor que Él nos tiene no se debe a nuestros logros y conquista personales. Esa experiencia de amor es la que nos abre a la compasión por los demás.

2-El segundo gran desafío que reconoció Jesús en su tiempo fue ayudar a los demás a recuperar la confianza en ellos mismos. Cuando por alguna circunstancia de la vida no hemos logrado realizar nuestros sueños o alcanzar nuestras metas, sentimos interiormente que nuestras fuerzas decaen y la confianza  se resquebraja. Ese es el momento en que necesitamos de esa palabra oportuna que logra devolvernos la confianza. Esa mano firme que se extiende y logra que nos pongamos nuevamente de pie. Jesús ayudó a que muchos recuperaran la confianza  en ellos mismos y así sintieran que su vida vuelve a resurgir. Es la experiencia de renacer lo que nos vuelve a poner en marcha. Sentir que alguien nos ayuda a recuperar la confianza  en nosotros mismos es una de esas vivencias que con mayor fuerza se graban en el alma. La presencia de otro, su ayuda, su aliento, puede ayudarnos a redescubrir nuestro valor ante el Señor y cómo el Señor nos mira. Por eso, la confianza  en nosotros mismos debe surgir del propio valor de quienes somos ante Dios, y del sentirnos amados por Él.

3- El tercer desafío que percibió Jesús fue la necesidad de ayudar a los demás a experimentar el perdón y la misericordia. Cuando amamos a otro de verdad anhelamos no defraudar. Queremos ser ‑eles y entregarnos de corazón a esa relación. Pero en ocasiones no somos los suficientemente coherentes con ese deseo de entrega y fallamos. Todos hemos experimentado lo que significa quebrar la confianza de otro, y cuando ello ocurre sentimos un dolor enorme y una necesidad de restablecer la comunión. Porque nuestro corazón fue creado para la comunión, cuando sentimos que la hemos roto necesitamos recuperarla. Sentirnos perdonados, es la experiencia más grande del amor gratuito.

Disponibilidad a la misión de Cristo.

Te invitamos a que entres en un ejercicio inspirado en el libro de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola. Es una adaptación de los puntos 230 a 237. Toma un tiempo para estar de corazón a corazón con el Señor. Haz silencio interior y entra en clima de oración: 1.La primera cosa que conviene ­fijarse es que el amor ha de ponerse más en obras que en las palabras. El amor es decisión y obra concreta.

2. La segunda cosa, a su vez, es que el amor es comunicación en la que los que se aman se dan y comunican de lo que tienen y pueden. Cada uno da en la medida de su haber y poseer y según su posibilidad. Y mutuamente los que se aman expresan cariño, amor y entrega en lo que se dan recíprocamente. Luego que hayas tomado un tiempo para considerar estas dos cosas, imagina que te encuentras frente a todos los Santos y Santas del Cielo, e incluso frente a la Madre de Jesús, con los ángeles del Señor. Allí todos para ti y acompañándote en este momento. Ellos serán tus testigos y tus aliados.

 1.En este momento pídele al Señor que te dé a conocer todo el bien que Él te ha dado y tú has recibido. Que te ayude a reconocerlo y a gustarlo para que habiéndolo reconocido por completo, enteramente, puedas hacerte disponible a su misión de compasión por el mundo, y colaborar en ella con Él.

2.Trae a tu memoria lo que has vivido en este recorrido de El Camino del Corazón. Vuelve a pasar por el corazón el don del Amor del Padre manifestado en Jesucristo; el modo en el que Él conociendo tu corazón herido y necesitado nunca ha dejado de estar a tu lado para perdonarte, sanarte y liberarte de aquellas cosas que te esclavizan. Vuelve a mirar el mundo entre sus tensiones de Vida y de muerte y cómo el Espíritu del Señor viene en tu ayuda y apoyo cuando eliges la Vida. Medita, reflexiona sobre el bien que el Señor te regala sosteniéndote en la Vida como creatura amada y salvada por Él. Y luego de haber gustado en tu interior estas cosas pregúntate ¿qué querrías ofrecer al Señor como respuesta de amor a tanto bien que te da? ¿Qué piensas sería justo, conveniente o deseas entregarle a Él?

3.Mira ahora cómo el Señor está presente y viene a ti en todo lo creado, en las personas con quien compartes, amigos, familia; en toda situación que vives en el trabajo, los estudios, la diversión; en los lugares que recorres, en la naturaleza toda, animales, plantas, aire. En aquello creado que conoces y en aquello que ni siquiera sabes de su existencia en algún lugar del planeta. Otros hermanos, de otros continentes, países. Recorre el mundo, pierde el tiempo con tu imaginación en todo lo creado que el Señor te ha regalado para que al verlo lo tengas presente a Él, para llamar tu atención. Y pregúntate ¿qué sientes en tu corazón al contemplar tanto regalo? ¿Qué te surge del corazón? ¿Qué estarías dispuesto a ofrecer?

4.Considera en este momento cómo el Señor obra y trabaja por ti en todo lo creado. Mantiene la vida, la perfecciona, la hace crecer. El Señor mora en las cosas y las creaturas, trabaja en toda situación y dispone las cosas para el bien de los que ama. Medita y gusta del modo en el que el Señor desde el interior de lo creado trabaja y sostiene la vida para ti. ¿Qué surge desde tu interior? ¿Qué respuesta das al Señor por este trabajo que hace por ti?

 5.Mira cómo todo lo creado no ha podido darse vida ni sostenerse en ella por sí mismo. Todo absolutamente todo proviene del Padre. Todo es don, el bien, la belleza, la justicia, la bondad, toda cualidad que hay en ti proviene de Dios, todo lo que admiras y amas proviene de Dios. Él es dador universal, nada hay fuera de Él, todo existe en Él, por Él y para Él. Hasta tú mismo. Contempla lo que amas, lo que admiras, las cualidades en tus hermanos. Deja que tu corazón se afecte y siente gusto por tanto regalo que hay en el mundo.

6.Ofrece al Señor todo lo que eres y tienes, pues de Él vienes, ofrece tu vida haciéndote disponible al servicio de Su misión de compasión por el mundo. Ora con devoción y afecto nuestra oración de Ofrecimiento para cerrar este momento de oración.

Padre Bueno, sé que estás conmigo Aquí estoy, en este nuevo día. Pon una vez más mi corazón Junto al Corazón de tu Hijo Jesús Que se entrega por mí Y que viene a mí en la Eucaristía. Que tu Espíritu Santa me haga su amigo y su apóstol Disponible a su misión. Pongo en tus manos mis alegrías y esperanzas Mis trabajos y sufrimientos Todo lo que soy y tengo En comunión con mis hermanos y hermanas De esta Red Mundial de Oración. Con María te ofrezco mi jornada Por la misión de la Iglesia Y por las intenciones de oración del papa para este mes. Amén.

Practica del Examen Temático.

Aquello que de­fine el centro de nuestro carisma en la Red de Oración del Papa es “la actitud de disponibilidad”. La apertura de corazón y de mente para dejarnos conducir allí donde nuestro servicio sea mayor en la misión de compasión de Jesucristo por el mundo. Pero esa actitud de disponibilidad no es que se concrete en aquella o en esta obra, sino que es una disposición interior que se concretará o no en una acción.

Y como ya hemos meditado esta misión se nos concreta en las intenciones de oración que el Papa nos encomienda cada mes. Estas intenciones son desafíos del mundo que piden ser atendidos, nuestros hermanos y nuestra casa común sufren sus consecuencias negativas. No debemos engañarnos pensando que estos desafíos algunas veces tocan realidades lejanas a nosotros y que sólo podemos rezar a la distancia sin involucrar nuestra acción. Cada mes, de cada desafío es posible desentrañar actitudes concretas para nuestra vida diaria que pueden ayudarnos a “bajar a tierra” la intención que se nos confía. Y ese es el gran desafío “hermanarnos” en la intención llevando a nuestra vida cotidiana las actitudes de base que yacen en cada intención. Por ejemplo, cuando el desafío nos propone “rezar por los jóvenes de África para que encuentren oportunidades de trabajo y estudio en sus propios lugares”, podemos rápidamente pensar en los jóvenes y las oportunidades que tienen en nuestras propias comunidades, barrios, países. Y cómo nosotros nos involucramos o podemos involucrarnos en esta concreción. En este momento te proponemos releer el modo en que concretas en tu vida diaria las actitudes que están en la base de la intención de este mes. Si las llevas a la vida cotidiana.

 1.Inicia este momento de relectura tomando distancia de tus actividades cotidianas. Haz silencio en tu corazón, respira varias veces de manera pausada. Toma consciencia que el Señor se hace presente a ti y viene a tu encuentro.

2.Agradece al Señor tu participación en la Red Mundial de Oración del Papa y el llamado que te hace en ella a ser apóstol al servicio de su misión de compasión por el mundo. Agradece que Él te elige.

3.Repasa la intención que el Papa nos encomienda y trata de descubrir qué actitudes de base están en ella: diálogo, paz, concordia, creatividad, solidaridad, escucha, ser puente, cultivar la oración, etc.

4.Piensa cómo vienes viviendo en el mes estas actitudes. Haz memoria por días, en tu familia, trabajo, diversión, comunidad.

5.¿Qué te gustaría haber vivido de manera diferente?

6.¿Qué deseas hacer en adelante? ¿Qué actitud concreta deseas cultivar para lo que resta del mes?

 7.Toma nota de tu propósito.

8.Ponlo a los pies de Jesucristo y pide ayuda al Espíritu Santo para ser disponible a cultivar la actitud propuesta.

9.Despídete del Señor y cierra este momento. Para profundizar.

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